Un artículo para papás, líderes, pastores y guías que ayudan a otros

Hace algunos días recibí un pedido de ayuda, era un hombre que atravesó por todos los pecados que te puedan venir a la mente: sexuales, adicciones al alcohol, a las drogas, y batallas espirituales tan extremas como el satanismo.

Inmediatamente pensé que este caso debía atenderlo alguien de “mayor rango”, pero sentí inmediatamente de Dios esto en mi corazón: “No te enfoques en lo que pasó, enfócate en lo que haré en él, camina con él, camina conmigo y con él”. Así que acepté, y hoy entiendo el privilegio de poder ayudarlo, el privilegio de acompañar a alguien mientras Dios escribe una historia nueva.

Cuando alguien nos cuenta su historia, muchas veces escuchamos años de dolor, decisiones equivocadas, secretos, recaídas, relaciones rotas, adicciones, vergüenza y consecuencias. Y después de escuchar todo eso, puede ser fácil mirar a esa persona y pensar: “¿Cómo va a cambiar alguien que lleva tantos años viviendo así?”.

Pero ahí es donde necesitamos recordar algo fundamental: Nosotros conocemos su historia pasada, pero Dios conoce la historia que todavía está escribiendo.

Como hermanos en Cristo, no fuimos llamados a convertirnos en jueces de su pasado, sino en compañeros de camino hacia su futuro. No estamos aquí para recordarle constantemente quién fue. Estamos aquí para ayudarle a descubrir, en Cristo, quién puede llegar a ser.

Hay procesos que serán más largos que otros

Una de las primeras cosas que debemos aprender al ayudar a otros es que no todos los procesos son iguales. Hay personas que parecen avanzar rápidamente. Otras necesitan meses para comenzar a abrir su corazón. Algunas tienen una caída después de semanas de victoria. Otras descubren heridas que llevaban años escondidas.

Y eso puede frustrarnos. Podemos pensar: “Ya hablamos de esto”. “¿Cuántas veces tengo que explicárselo?”. “¿Por qué sigue luchando con lo mismo?”.

Pero debemos recordar que Dios no trabaja con personas en serie. Cada persona tiene una historia diferente, heridas diferentes, niveles diferentes de conciencia, diferentes patrones aprendidos y diferentes áreas que Dios necesita tratar. Nuestro trabajo no es comparar procesos. Nuestro trabajo es permanecer presentes.

Pablo dijo: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios”. 1 Corintios 3:6. Qué libertad hay en entender esto. Nosotros plantamos. Nosotros regamos. Pero Dios produce el crecimiento.

No abandones porque todavía no ves el resultado

Quizá uno de los mayores peligros para quien ayuda a otros es cansarse de esperar, a veces queremos ver resultados rápidos porque confundimos transformación con velocidad. Pero una persona puede estar cambiando, aunque todavía esté luchando; puede estar aprendiendo a confesar algo que antes escondía; puede estar identificando un detonante que antes ni siquiera reconocía; puede estar aprendiendo a pedir ayuda antes de caer; puede estar empezando a hablar de cosas que durante años mantuvo en secreto; puede estar descubriendo que ya no quiere vivir como antes.

Eso también es progreso. No desprecies las pequeñas señales de transformación porque todavía no ves el resultado final. Una semilla no parece un árbol, pero sigue siendo una semilla viva.

Mantente conectado

Hay una razón por la que la comunidad es tan importante, el aislamiento alimenta muchos de nuestros problemas. Cuando una persona está sola, sus pensamientos pueden convertirse en su única fuente de verdad. Pero cuando aprende a caminar acompañado, encuentra alguien que puede decirle:

“Eso que estás pensando no es verdad”; “no te escondas”; “llámame antes de caer”; “no estás solo”; “levántate”; “sigamos caminando.” Eclesiastés 4:9-10 dice: “Mejores son dos que uno... porque si uno cayere, el otro levantará a su compañero”.

Por eso, amigo o amiga, no subestimes una llamada, un mensaje, una oración o una conversación aparentemente sencilla. Quizá para ti fueron solamente diez minutos. Para la persona que estaba luchando, pudieron significar: “Todavía hay alguien caminando conmigo”.

No conviertas su pasado en su identidad

Este punto es fundamental. Si alguien tuvo una historia marcada por pornografía, masturbación, adulterio, homosexualidad, mentiras, abuso, promiscuidad, compulsiones o cualquier otro pecado, debemos tener cuidado de no reducirlo a eso. Su pecado explica parte de su historia, pero no determina su identidad.

Hay una diferencia enorme entre decir: “Esta persona luchó durante años con esto”, que decir: “Esta persona es esto”. La primera describe una batalla. La segunda puede convertirse en una identidad. Y nosotros queremos ayudarle a descubrir que en Cristo hay una identidad nueva.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. 2 Corintios 5:17

El pasado existe. No tenemos que negarlo, tenemos que redimir la manera en que lo miramos.

Deja de mirar solamente lo que Dios está sacando y empieza a mirar lo que Dios está construyendo

A veces, como ayudas, estamos tan concentrados en la conducta que queremos que desaparezca, que olvidamos observar la persona que Dios está formando. Sí, queremos que deje la conducta, pero queremos algo mucho más grande:

  • Queremos que conozca a Cristo.
  • Queremos que aprenda a orar.
  • Que aprenda a confesar.
  • Que aprenda a resistir.
  • Que aprenda a amar.
  • Que aprenda a servir.
  • Que aprenda a relacionarse sanamente.
  • Que aprenda a vivir en verdad.
  • Que aprenda a perdonar.
  • Que aprenda a tener dominio propio.
  • Que descubra su identidad en Dios.

Porque la libertad no consiste simplemente en dejar de hacer algo. La libertad consiste en comenzar a vivir de una manera nueva.

Quizá Dios te puso en su historia por una razón

Piensa por un momento en esto: Tú conoces una parte de su historia que muchas personas jamás conocerán. Has escuchado cosas que le costaba decir. Has visto lágrimas. Has recibido confesiones. Has acompañado caídas. Has celebrado pequeñas victorias. Has orado por él cuando él mismo quizá no tenía fuerzas para hacerlo. Y eso es un privilegio enorme. Pero también es una responsabilidad.

Porque cuando alguien te entrega su historia, no te está dando permiso para juzgarla; te está dando confianza para caminar con él. Quizá todavía no puedes ver lo que Dios hará, pero puedes creer que Dios no desperdicia una vida rendida a Él. Recuerda:

  • José fue vendido por sus hermanos.
  • David tuvo una historia complicada.
  • Pedro negó a Jesús.
  • Pablo persiguió a la iglesia.

Y ninguno de ellos quedó definido por su peor capítulo. Dios tomó historias quebradas y escribió capítulos que nadie hubiera imaginado.

No eres su “salvador”:

Este quizá sea uno de los recordatorios más importantes para quienes ayudamos. Tú no eres su Salvador. No puedes cambiar su corazón; no puedes controlar sus decisiones; no puedes evitar cada caída; no puedes sanar todas sus heridas; no puedes caminar por él; y no tienes que hacerlo. Tu llamado es acompañarlo, confrontarlo cuando sea necesario, escucharlo, orar, animarlo, mantenerte disponible y dirigirlo constantemente hacia Cristo.

El Salvador ya tiene nombre: Jesús. Y eso debería quitarte una enorme carga de encima.

Entonces, ¿qué hacemos cuando el proceso se vuelve difícil?

Volvemos a lo básico:

  1. Permanecemos conectados.
  2. No abandonamos.
  3. Hablamos verdad.
  4. Celebramos avances.
  5. Corregimos cuando sea necesario.
  6. Mantenemos límites saludables.
  7. Buscamos comunidad.
  8. Y seguimos creyendo que Dios está trabajando.

Porque quizás hoy solamente estás viendo un capítulo difícil, pero Dios está viendo el libro completo.

Y algún día quizá escucharás una frase que lo cambiará todo. Quizá después de meses o años, esa persona te diga: “Gracias por no rendirte conmigo.” Y quizá en ese momento recuerdes todas esas conversaciones que parecían no producir nada. Todas esas llamadas, todas esas oraciones, todas esas veces que pensaste que no estaba avanzando. Y entenderás que mientras tú estabas mirando resultados, Dios estaba trabajando raíces.

Por eso, amigo o amiga: No se trata de la historia pasada. No la reduzcas a sus errores, no la encierres en sus recaídas, no permitas que su peor capítulo se convierta en su identidad.

Mira un poco más lejos, mira lo que Dios puede hacer con una vida que se rinde a Él. Porque quizá tú no estás viendo el final de su historia, quizá Dios simplemente te concedió el privilegio de estar presente cuando comenzó el cambio.

Y algún día, cuando esa persona mire hacia atrás, quizá descubra que Dios utilizó tu presencia, tus oraciones, tu paciencia y tu perseverancia como parte de la historia que Él estaba escribiendo. Tú no tienes que cambiar su historia. Solo tienes que ayudarle a entregársela a Dios. Y cuando Dios toma una historia... Él sabe perfectamente qué hacer con ella. 

Si sientes el llamado de ayudar a otros, puedes servir con nosotros como Mentor del Ministerio, escríbenos para conocer el proceso, creemos que Dios puede usar tu vida para tocar otras vidas.