De la oscuridad a la gracia de Dios

Desde el vientre de mi madre fui marcada por Dios. Crecí en un hogar cristiano. Desde muy pequeña escuchaba la Palabra de Dios y desarrollé un profundo amor por Él. Recuerdo que me gustaba emprender desde niña; vendía bisutería y otras cosas, y todo lo que ganaba lo diezmaba porque amaba a Dios con todo mi corazón.

Sin embargo, mientras crecía, también me desarrollaba en un ambiente cristiano muy rígido y religioso. Era un entorno donde se enfatizaba mucho el cumplimiento de reglas y normas. Con el tiempo, aquello comenzó a generar frustración en mí. Veía a otras personas disfrutar de cosas que yo consideraba prohibidas y empecé a sentirme reprimida.

A cierta edad comencé a rebelarme. Poco a poco mi corazón se fue alejando de Dios. Además, desde muy temprana edad fui expuesta al pecado sexual. En mi inocencia no entendía lo que estaba ocurriendo, y lamentablemente aquello empezó a normalizarse en mi vida. Más adelante, mis padres se divorciaron. La separación de mi familia fue un golpe muy fuerte para mí, y en lugar de enfrentar ese dolor de manera saludable, utilicé aquella situación como una excusa para profundizar aún más mi rebeldía.

Sabía que Dios existía, pero ya no era fiel a Su amor. Me alejé completamente de Él. Comencé a consumir alcohol y a fumar cigarrillos. Nunca consumí drogas, pero desarrollé una adicción que marcaría profundamente mi vida: la pornografía. Con el tiempo, la pornografía dio paso a otra adicción: la masturbación.

Paralelamente, comencé a tener relaciones sexuales a temprana edad. Buscaba validación, aceptación y amor. Intentaba llenar vacíos emocionales que cargaba desde mi infancia y especialmente la ausencia afectiva que experimenté con mi padre. Sin darme cuenta, aprendí a relacionar mi sexualidad con beneficios y recompensas. Aquello fue abriendo la puerta a decisiones cada vez más destructivas. Con el tiempo terminé involucrándome en la prostitución.

Toda decisión tiene consecuencias. Mi vida de pecado sexual, la prostitución, la pornografía y la masturbación terminaron llevándome a enfrentar un embarazo no deseado. Cuando descubrí lo que estaba ocurriendo, reaccioné con miedo y negación. Me llené de temor y tomé una de las peores decisiones de mi vida: aborté.

Es una decisión de la que me arrepiento profundamente. Durante mucho tiempo intenté enterrar aquel dolor y actuar como si nada hubiera pasado. Nunca hablé del tema. Reprimí mis emociones y seguí adelante, pero el peso de mi pecado comenzó a consumir mi alma. Con el paso del tiempo mi cuerpo comenzó a deteriorarse y caí en una profunda depresión. Mi salud emocional estaba destruida.

También experimenté intensas luchas espirituales que no sabía cómo enfrentar. Vivía atormentada, llena de miedo, culpa y desesperación. Los pensamientos suicidas iban y venían constantemente. Mi corazón estaba herido y mi alma agotada. Llegó un momento en que ya no podía soportar más el peso de todo lo que llevaba dentro.

Fue entonces cuando tomé una decisión que cambiaría mi vida: busqué ayuda. Por primera vez abrí mi corazón a una persona que consideraba madura espiritualmente. Le conté lo que estaba viviendo y ella me recomendó buscar ayuda psicológica con enfoque cristiano. Para ese momento ya seguía al ministerio de Libres en Cristo en redes sociales.

Recuerdo haber enviado un correo electrónico explicando mi situación con total honestidad. Estaba desesperada. Necesitaba ayuda. Poco tiempo después me respondieron y comencé un proceso de acompañamiento y restauración. No fue fácil; hubo lágrimas, confrontación y aprendizaje. Pero también fue el inicio de una nueva vida.

Me tomó mucho tiempo comprender verdaderamente la cruz y el sacrificio de Jesucristo, pero Dios nunca se rindió conmigo. Volví a mi primer amor. Volví a ser aquella niña que amaba a Dios por encima de todas las cosas.

Hoy estoy de pie porque Dios ha sostenido mi vida durante todos estos años. En Su infinita misericordia me guardó de la muerte, me protegió de enfermedades y me permitió experimentar Su amor restaurador. Por medio de Jesucristo fui lavada, perdonada y redimida. Mi pasado no define mi identidad y mi pecado no tiene la última palabra porque la sangre de Cristo alcanzó los lugares más oscuros de mi vida y transformó lo que parecía imposible.

Hoy puedo decir con convicción que soy una nueva criatura en Cristo. Las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas. Ya no vivo bajo condenación, sino bajo la gracia de Dios. Gracias a Su sacrificio, Él me ve vestida de blanco, no por mis méritos, sino por Su misericordia. Delante de Su presencia estoy limpia, perdonada y sin mancha, porque Jesucristo cargó sobre sí mi culpa y me dio una nueva oportunidad de vivir. Él ha sanado mi corazón, lo ha restaurado, y sé que me ama, aunque no soy perfecta.

Todavía estoy en proceso, pero tengo la certeza de que Aquel que comenzó la buena obra en mí la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. Hoy tengo el privilegio de hablar con otras mujeres y compartirles de dónde Dios me sacó. Puedo testificar de Su poder transformador porque lo he vivido personalmente. Y si Dios pudo hacerlo conmigo, también puede hacerlo contigo. Dios no hace acepción de personas. Por eso quiero decirte algo: no te rindas, porque Dios no se ha rendido contigo. “Un milagro cambia una vida, pero un testimonio puede cambiar generaciones.” Dios te bendiga.