El abuso alteró mi percepción de la sexualidad y de mi identidad
Revisando mis notas del curso Señales de Amor me encontré con este párrafo que escribí: “El abuso en la infancia alteró mi percepción de la sexualidad y de las mujeres, pero las etiquetas de la adolescencia alteraron mi identidad y mi autoestima”. Fue algo que el Señor me reveló y es que me tomó mucho tiempo ponerle nombre al abuso y entender sus consecuencias. Fue a través de varios procesos que el Señor me fue mostrando, capa por capa, el alcance de la experiencia por la que pasé cuando tenía 4 años.
A diferencia de lo que he leído y escuchado sobre otros abusos dirigidos a hombres, yo recibí placer en lugar de dolor, recibí palabras gratificantes en lugar de manipulación y fui abusado por una mujer en lugar de un hombre. Considero que estos factores fueron los que hicieron más difícil la tarea de ponerle nombre al abuso. Los escenarios que permitieron el abuso no duraron mucho ya que mi abuela materna me tuvo que cuidar por una época muy corta (y fue ahí donde una prima de mi mamá abusó de mí), luego mi madre dejó de trabajar para cuidar a mi recién nacido hermano y a partir de ahí ya no tuve que volver a ser cuidado por terceros, pero el daño ya estaba hecho.
Recuerdo que desde muy pequeño comencé a mostrar comportamientos hipersexualizados y las cosas que me sucedían tampoco ayudaban mucho. Por ejemplo, al ir a la tienda a comprar goma de mascar o chicle, la chica que atendía me decía cosas como: “me encantan tus ojos, si me das un beso te regalo otro chicle”, y me ponía la boca para que la besara. En otra ocasión mi hermano mayor me llevó al instituto donde estudiaba, sus compañeras de clase le decían cosas como: “qué bonito tu hermano, ¿me das un beso?”. Y me ponían la mejilla, pero yo les buscaba la boca. Al besarlas todos se reían y decían cosas como: “es tremendo igual que el hermano”. No había rechazo o regaño, era algo aceptado.
Años después mi madre necesitó ayuda para los oficios domésticos y comenzaron a llegar chicas del interior del país que debían dormir en casa. Al no tener un cuarto de servicio en ese momento dormían en el mismo cuarto que yo. Por las noches me cambiaba de cama y les hacía las mismas cosas que me hicieron a mí, nunca se negaron ni me delataron. Mi percepción era que lo que hacía estaba bien. La víctima se convierte en abusador.
Durante mi niñez estas cosas pasaron desapercibidas para la mayoría, eran casos aislados. Al llegar a la adolescencia todo cambió cuando, adicional a lo que ya venía pasando, me enganché en pornografía y masturbación. Ahí todo se hizo más evidente. Uno de mis padres lo notó y explotaba todo el tiempo en mi contra con etiquetas como enfermo, depravado, degenerado, inútil, no sirves para nada, etc. Andaba en un constante estado de alerta para encontrarme haciendo algo malo. Me decía cosas bastante despectivas e hirientes, llegó incluso a vaticinar, años antes de que ocurriera, que concebiría a mi primer hijo en fornicación, que mi esposa sería infiel y el fracaso de mi matrimonio.
Cuando todo esto se cumplió me creí todas las etiquetas que me habían puesto, me creí todo lo que decían de mí, pues al final pensé: “tuvieron razón”. Finalizado mi primer matrimonio encuentro una nueva soltería, pero voy acarreando un bagaje emocional dañado. Me puse en modo sobrevivencia, me habían minimizado entonces yo me iba a maximizar. Comencé a sentirme orgulloso de mi forma de ser, no me sentía mal por quién era y todas mis acciones apuntaban siempre al pecado sexual.
Fue hasta que a los 37 años que me convertí de nuevo en padre, esta vez de una niña, a partir de ese momento una serie de eventos detonaron el cambio y fue cuando mis propios amigos comenzaron a hacer bromas sobre mi hija. Me decían cosas como: “pasaste de ser consumidor a ser proveedor”; o al cargar a mi hija hacían ademanes como tocándola y decían: “en unos años no te va a gustar que le haga esto”. Estas bromas movieron algo en mi interior y me incomodaron bastante.
Tiempo después encuentro una imagen en FB que reconfiguró mis mapas mentales sobre las mujeres. Decía: “Cierra los ojos, imagina al novio de tu hija, ahora imagina que ese novio eres tú, ¿te gustó?, ¿no?, entonces cambia”. Visualizar que el novio de mi hija sería un hombre igual a mí fue algo que me sacudió profundamente. Ese momento acotó muy bien el inicio del proceso de cambio para mí.
Durante esa misma época cambiando de estaciones en la radio buscando una radio secular, encuentro que en el mismo dial ahora había una radio cristiana y como esas cosas que solo el Señor puede hacer me quedé escuchando un programa que se llama Vaya con Dios. Me gustó lo que escuché e indagando encuentro que es parte de una iglesia a donde comienzo a congregarme. Ahí conozco el ministerio Celebremos La Vida y comienzo mi proceso en el área sexual donde logro ponerle nombre a mi problema: adicción sexual. Luego escucho de Libres en Cristo y siento del Señor que es donde debo estar para darle sentido a todo lo que he vivido, acá pude reciclar mi dolor y encontrar propósito en todo lo malo que me hicieron y que hice.
He llevado procesos para recuperarme de adicción sexual, pornografía y masturbación, infidelidad y abuso sexual. En cada uno de ellos el Señor me ha hablado y me ha revelado muchas cosas que ayudan a mi proceso de sanidad. Algo que pude entender en este caminar es que el cuidador que me puso todas las etiquetas, también fue víctima de abuso y debido a eso aborrecía mis acciones y se comportaba de manera implacable conmigo. Haber entendido eso me ayudó a comprender, perdonar y sanar.
Entrar en cada uno de estos procesos resulta doloroso en la mayoría de los casos. Se va removiendo capa por capa de situaciones de las que no queremos hablar, menos recordar. Pero el objetivo es llegar, con la ayuda del Señor, al núcleo central del corazón y poder sanar. A partir de ahí se puede encontrar un propósito a todo lo que se ha vivido porque el Señor nos usa para ayudar a otros.
Es como la espada de Goliat, el gigante la usó para amenazar de muerte a David y con la misma arma David le cortó la cabeza. Luego David pudo haberla usado para muchas de sus batallas. Debemos aprender que esa espada que el enemigo quiso usar en nuestra contra, el Señor la va a usar ahora para el bien y con ella lucharemos por nuestro corazón dependiendo totalmente de nuestro padre, como lo hizo David. Que toda la gloria sea para el Señor.
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