MELANI

En mi casa siempre fue un tabú hablar de sexo, órganos reproductores o cualquier tema relacionado.  Recuerdo que era incómodo incluso preguntar algo sobre esto porque había un profundo debate del porqué quería saber esta información. Crecí en un hogar cristiano y acepté a Cristo desde muy pequeña, desde la adolescencia crecía conmigo la curiosidad por conocer y explorar estos temas tabú, a esto le sumaba mis amistades, que siempre me hacían bromas como decirme “pandereta”, “mentalidad retrograda”, “santurrona”, “aburrida”, etc. Etiquetas que al inicio me causaron risa, luego me hicieron sentir insegura e inferior, apartada de los demás porque sentía que no encajaba en mi entorno.

Siempre fui atractiva para los hombres, en la misma proporción en la que tenía resentimiento contra mi papá, por lo que buscaba la aprobación que él no me daba en todas las personas. Me sentía más identificada con las amigas que no eran cristianas e intente integrarme a su grupo y borrar mis etiquetas, con  la excusa de la tan famosa frase YOLO (You only live once) “solo vives una vez” abriendo camino al pecado. No sucedió de un día para otro, fue poco a poco y de manera sutil, empecé desde conversaciones y chistes en clase, hasta coordinarnos para ir a fiestas con ropa provocativa para burlarnos de lo que causaba en el sexo masculino, en mis redes sociales publicaba letras de canciones con frases que incitaban al pecado, a mí me parecía bien porque era gracioso y muy a la moda.  Me hacía sentir muy in en mi grupo social; lo peor de todo es que seguía asistiendo a la iglesia, pensaba que por el hecho de no haber tenido relaciones sexuales seguía siendo pura, que engañada estaba porque eso ya es involucrarse con el pecado sexual. Recuerdo que me volví adicta al poder e importancia que te da la belleza, a nunca pasar desapercibida, aunado a eso mis padres tenían una relación bastante disfuncional, cuando habían problemas, gritos o peleas entre ellos, yo solía aprovecharme de las invitaciones a salir que tenía  para alejarme de todo. Inicie mi primera relación y me fui involucrando más en el pecado sexual, hasta que llegue al punto de sentirme rota, vacía, superficial, vanidosa e hipócrita, como si ya nada tuviera sentido en mi existencia.

Me comentaron de Libres En Cristo, con miedo inicie el curso, pero conforme pasaban los días Dios tuvo misericordia de mí y me mostró la raíz del problema, fui memorizando versículos, cambiado conductas y cerrando círculos de amistades. Mi mentora de LEC (Teresa Palala) ha sido de las mayores bendiciones y ejemplos en mi proceso de restauración, siempre pendiente y misericordiosa motivándome a perseverar. No fue un proceso fácil, sino largo y doloroso, pero Dios ha sido siempre cuidadoso conmigo, siempre ha estado tomándome de la mano, me ha llevado como su princesa paso a paso, me ha fortalecido cuando siento que no puedo, me ha enseñado con amor que la belleza de una mujer consiste principalmente en la modestia y la humildad, y ha enviado a muchas personas que han sido como ángeles en mi camino que me ayudan y confrontan para vivir en pureza y santidad. Sé que esto es un proceso de vida, por eso sigo aplicando los principios que he aprendido en Visión Clara como: vida devocional, rendición de cuentas y sobre todo darle la gloria a Dios en cada pequeño o gran detalle de mi vida, porque ahora entiendo que el sentido de mi vida está en Cristo y me inspira este verso: Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios. Mateo 5:8. Anhelo con todo mi corazón ver a Dios y terminar la carrera aprobada, ahora soy consciente que la libertad del pecado sexual inicia desde un corazón limpio, no se limita a un acto, sino que involucra actitudes y sobre todo pensamientos.

2017-01-05T15:11:58+00:00 5 Enero, 2017|
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