Salmos 40:2 Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Durante mucho tiempo en mi vida sentía que algo andaba mal pero no sabía que era. Nunca encajaba, me sentía inadecuada, no era feliz. Si me hubieran preguntado hace un año, hubiera dicho que me sentía como el siervo que tuvo miedo y escondió el único talento que el amo le dio (Mateo 25:25). Así me sentía, con miedo.

Hija de madre soltera y criada por una abuela muy rígida, no conocí a mi padre. Crecí con mi abuela, mi mamá, una tía y su esposo, un vendedor viajero adicto al alcohol, la nicotina y las mujeres. Mi “papi” como yo le decía, abusó de mí cuando yo tenía quizá unos 4 o 5 años. Este abuso me llevó a pensar que la validación de un hombre la obtendría a cambio de mi sensualidad y sexualidad. En la adolescencia me volví una chica promiscua, adicta a la masturbación. Fui violada sexualmente a los 16 años por un muchacho que había sido mi novio dos años antes y con quien hubo siempre caricias  inadecuadas. Al llegar a la universidad ya había visto pornografía y seguía atada a la masturbación. Cada novio que tenía se convertía en una experiencia sexual y es así como a los 24 años quedo embarazada y me convierto en madre soltera, luego de dos años me separe de mi ex pareja por violencia intrafamiliar. En este punto había tocado fondo. Deprimida, sola y abrumada caí aún  más en pecado sexual. Con la llegada del internet, tuve acceso a chats y grupos de pornografía, mundo en el que anduve durante varios años. Un relación tras otra, casado, soltero, divorciado no importaba, eran relaciones casuales, cisternas rotas que no retenían agua como las que describe Jeremías 2:13. Salmo 51:7 Purifícame con hisopo, y seré limpia.

Conocer de Dios, acercarme a una iglesia cristiana y tener apoyo familiar fueron importantes, pero no suficientes. Las heridas solo estaban tapadas con vendas, no curadas. Seguía cayendo en pecado sexual a pesar de mis esfuerzos. En 2013 por medio de un pastor en la iglesia que había luchado con el pecado sexual me enteré de Libres en Cristo y fue en ese momento donde inicie el curso de 60 días. No llegué ni a la mitad, no quise dejar el pecado. En 2010 en oración, el Señor me dijo que orara con el salmo 51, en especial el versículo 10: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí. Me casé hace un año y medio, pero mis luchas continuaban, y eso estaba afectando la relación con mi esposo. Mi deseo de vivir un matrimonio sano y santo me llevo a inscribirme de nuevo en el curso Visión Clara. Esta vez, a pesar de los altos y bajos, puedo decir que termine el curso y ya no soy la misma. Sé que aún falta mucho, pero sé que el que comenzó la buena obra la perfeccionará (Filipenses 1:6). Hoy por hoy, gracias a Dios, al ministerio Libres en Cristo y a mi mentora Sara de Lazo, he comenzado a vivir una vida LIBRE! Dios usó estos instrumentos para sacarme del pozo de la desesperación donde estuve hundida durante tantos años. Las mujeres que están atadas al pecado sexual pueden recuperarse por completo, pueden disfrutar de la vida para glorificar a Dios y ayudar a otras mujeres.

 

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2016-10-16T19:45:33+00:00 16 junio, 2016|
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